Adela, la tía que alegraba a los chavalos de Ocotal con su...

Adela, la tía que alegraba a los chavalos de Ocotal con su fresco y pan

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La tía Adela sigue activa a su manera y siempre da sus consejos, “si hay tiempos difíciles hay que enfrentarlos, hay que seguir adelante”, recomienda. Foto: A. Aguilera.

“Adela, aquí te mandan este quintal de arroz, de Jalapa”, le dijo el hermano.  ¿Ajá, quién?, contestó la tía Adela. “Diego Peralta…  y dice que todavía te queda debiendo”, le respondió.  “Jajajaa, ahhh qué chavalo”, agregó la tía, tras recordar que aquel era uno de los niños a los que vendía fresco y pan, en su viejo carretón, hace más de 50 años.

La tía Adela, una emprendedora de sus tiempos, tiene mil anécdotas qué contar, como cuando en el entierro de doña María Ventura, años atrás, un hombre se le acercó y le dijo en voz bajita: “un chelín de pan y un chelín de fresco”. Ella volteó, lo quedó viendo y recordó. ¡Era Pedro Matute! ahora un doctor.

En otra ocasión, llegó un señor a saludar a la tía. Ella no lo reconoció. Él le dijo: “buenas” y ella le contestó: “buenas”.

_“¿Sabe quién soy yo?”, le dijo el señor.

_“No”, le dijo la tía.

_“Bueno, ya se va a acordar, yo era el que no le gustaba la mitad del  sándwich, yo le decía: a mí me lo vende entero”.

_“Ay Noel, Noel Marín”, expresó la tía.

EMPRENDEDORA Y CREATIVA

Hace 53 años la tía Adela Aguilera fue la primera  mujer que decidió vender fresco y pan por las calles y escuelas de Ocotal, Nueva Segovia. En ese tiempo las mujeres sólo vendían el producto en el mercado, así que ella fue más allá.

“Me vi en la necesidad de trabajar, me había quedado sola y con hijos que  tenía que mantener, entonces se me ocurrió vender refresco con pan en la escuela Hermanos Zamora y por donde fuera pasando”, recuerda. En ese entonces estaba embarazada de su hija menor, Ana María.

El primer carretón se lo regaló un pariente, Efraín Ramos. Comenzó el negocio con dos tarros de fresco, pero luego, por la demanda, añadió otros dos.

A la gente y a los estudiantes les gustaba porque ella era aseada y creativa, cada día variaba los sabores… así que no faltaban el pozol o la semilla de jícaro mezclados con leche, la chicha, el fresco de piña o tamarindo, en fin…  y se los vendía barato, a peso el vaso grande, a cinco riales la mitad, y menos que eso, a chelín.

LAS ESTRATEGIAS

Además lo acompañaba con pan, que preparaba con carne fría o mantequilla, con precios que adaptaba a cada bolsillo, incluso si estaba vacío, pues otra estrategia de la tía era darlos a crédito a los estudiantes y maestros.

“Yo acordaba con los papás, o bien con las abuelas o tías, que me pagaran semanalmente, y así yo les daba fiado el fresco con pan a los chavalos, con los maestros el trato era al mes, porque así me lo pedían, tenía un cuadernito donde anotaba todo”, rememora.

La tía era pilas puestas, pero los tiempos eran difíciles. Se levantaba de madrugada, para preparar lo que iba a vender y al mismo tiempo tenía que atender a sus cinco hijos, sin ayuda. Todos los días salía de su casa  a las 8 de la mañana, para estar en la primera escuela a las 9:30, porque el recreo era a las 10:00.

LA TÍA ADELA DETRÁS DE LA VENTA

Su recorrido preferido era por la carretera Panamericana desde la Shell hasta un antiguo puesto policial y de ahí al instituto y dos patios de café.

Al mediodía regresaba a su casa, asoleada y cansada, pero el día estaba entero. “Llegaba a trabajar, porque tenía que preparar lo del día siguiente,  además vendía también por la tarde, y  mis hijos estaban chiquitos”, cuenta.

Por otra parte, tenía compromisos con la escuela, ya que para poder vender allí debía garantizarles al mes una docena de escobas. También le pedían la mecha para el lampazo y detergente.

La tía Adela, o Adelita, es una mujer alegre y de gran fortaleza. Foto: A. Aguilera.

Cuando consiguió vender en el Instituto, el trato con las autoridades era trabajarles gratis en las fiestas que organizaban en la Cueva de los Leones.  “Me tocaba llegar a las 8 de la noche para ayudarles en el bar y luego tenía que recoger todo, limpiar todo, salía a las 5 de la mañana, era cansado, pero solo así me dejaban vender”, comenta.

LAS TRAVESURAS

Afortunadamente sus clientes eran buena paga. “Aunque los bandidos chavalos hacían de las suyas cuando mandaban el pago con ellos, ¡jajaja! Me acuerdo que Roberto Rubio me decía: Adelita, si le debo más de 10 pesos no le voy a poder pagar, y tal vez él me debía 12 o 13 pesos, y yo le decía: No, me debés 10 pesos completos, y claro me pagaba, jajaja”, recuerda.

La tía también goza recordando a Rusbell Rodríguez. “El pago era de cinco pesos, pero él sólo me daba tres, y me decía, a la siguiente le doy los dos pesos porque me los comí”, relata entre carcajadas.

Hasta los recuerdos tristes tenían su picardía. “Yo le vendía fresco a Armandito Paguaga, era una buena persona y un buen cliente, y lo mataron por un documento importante que guardaba, con mi hijo Osman yo le mandaba el fresco y el pan, y ese día que lo mataron llegó mi hijo, que en ese entonces era un niño, diciendo a gritos: ¡Mama mataron a Armandito, y ahora quién nos va a pagar!, los vecinos gozaron con eso, y por supuesto yo lo regañé”, comenta.

ORGULLO POR SU TRABAJO

Hoy, con 91 años de edad, dice que siempre estuvo orgullosa de su trabajo.  “Vendía en un carretón, pero siempre tuve mi frente en alto, y no me dejé achantar, a nadie le permití eso”, sostiene.

Tuvo cuatro carretones en total, tres de los cuales se los hizo don Julián Olivas sin cobrarle, con una madera que le regalaba don Toño Díaz.

“A don Julián, que además era mi vecino, en agradecimiento siempre le mandaba su bocadito, la sopita los domingos; y siempre trataba de ayudar también, me acuerdo que habían cuatro niños en la escuela que no tenían para comprar fresco, y yo les decía que si me ayudaban a recoger los vasos, les iba a dar  el fresco que me quedara, y mire me sobraba fresco, y ¡el con leche!, que era el que les gustaba a ellos… eso era un misterio”, menciona la tía.

Hoy día, no hay quién no la recuerde con cariño y no hay quien no admire su emprendimiento. “Para qué, tengo buenos recuerdos y muestras de cariño, hasta un pergamino me dieron por haber vendido fresco”, manifiesta emocionada.

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